Rodrigo

Rodrigo
Tan pequeño y tantas emociones

Bienvenido, Rodrigo

La idea de plasmar por escrito todo lo que me pasaba por la cabeza la tengo desde el mismo instante en que vi asomar la cabeza de Rodrigo. Pero como todos los que ya habéis pasado por esto sabréis, lo que menos se tiene cuando se es padre es tiempo. Ahora, 4 meses y medio después, por fin, me dispongo a documentar mi experiencia...
Con ello no quiero dar lecciones a nadie, ni siquiera consejos, ¡estaría bueno!. Únicamente pretendo compartir mi experiencia de la forma más amena posible con vosotros y, particularmente, con Rodrigo.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

La gestión de las visitas

Si algo me había quedado claro del curso de preparación al parto era que las madres, suegras y viceversa deberían centrar su ayuda post-parto a las labores domésticas y dejar los cuidados del recién llegado a los padres y que era de vital (y no exagero) importancia hacer una buena gestión de las visitas durante las primeras semanas.
Puesto que a este blog pueden acceder tanto mi madre como mi suegra, al menos de momento, voy a obviar cómo aconteció el primer punto y me centraré en la coordinación del segundo punto.
Ahora, una vez pasada lo vorágine del momento, creo que las potenciales visitas se pueden dividir en dos grandes grupos: por un lado están las personas que sienten la necesidad o el deseo de conocer al recién nacido (caso A) y por otro, aquellas que sin tener tanta ilusión, se ven en la obligación protocolaria de hacerlo (caso B). Sea cual sea el origen de la visita, se puede hacer otra división según el grado de impaciencia, pues hay gente que espera (porque ya ha pasado por ello) o pregunta por el mejor momento (tipo 1) y están los que, sin más, se presentan (tipo 2).
Centrándonos en la presentación en sociedad de Rodrigo, debo decir que el hecho de no haber sido bautizado (al menos de momento, pues siempre tendrá tiempo de pedirlo si le apetece) nos quitó una buena ocasión para presentarlo, de modo que tanto los casos A y B en sus versiones 1 y 2 pasaron por casa o por el hospital para conocer al nuevo miembro (hoy por hoy el eje) de la familia (si bien es cierto que los individuos tipo 2 hubiesen obviado la presentación oficial y se habrían presentado igualmente).
Para no extenderme más de lo estrictamente necesario diré que por mucho que lo intenté, aun a riesgo de resultar grosero en algún caso (especialmente con los parientes y amigos de la rama P(apá)), en multitud de ocasiones la visita se produjo en un mal momento, pues o bien la madre no estaba en su mejor momento o el lechón tenía uno de esos malos ratos que tan fácilmente contagia a sus progenitores. Eso por no hablar de los casos en que una visita del caso A y tipo 1 que lleva pacientemente esperando su turno se presenta en casa y a los 5 minutos aparece un grupo anárquico del caso B y tipo 2 que saturan la vivienda y hacen que la visita tan bien organizada tenga que marcharse antes de tiempo.
Debo reconocer que, aunque me considero un individuo caso A auténtico (nunca he sido amigo de los actos de sociedad forzados) hasta que conocí a Rodrigo y sus consecuencias mis visitas eran de tipo 2, pero estoy seguro de que la experiencia me ha hecho convertirme al tipo 1 por empatía.
Por otro lado, si estás leyendo este post porque acabas de ser papá o estás a punto de serlo te diré que (primero enhorabuena, y bienvenido al club) y, segundo, que no te esfuerces demasiado por controlar lo incontrolable (es un esfuerzo estéril) y que antes de que te des cuenta, tu hijo será para las personas del caso A tan indiferente como imprescindible para los del caso B.

domingo, 13 de diciembre de 2009

El parto

Como no podía ser de otra manera, esta memoria debe empezar por el principio. He querido obviar los momentos (semanas y meses) previos al parto por estar convencido de que el punto de vista de la paternidad me ha cambiado completamente desde el mismo instante en que le vi la cara a Rodrigo (tengo la certeza de que mientras las mujeres van convirtiéndose en madres progresivamente durante el embarazo, los hombres no somos padres hasta que no tenemos a nuestro primer hijo entre nuestros brazos).
Pero centrémonos en el parto:
La madre de Rodrigo es una mujer de armas tomar (ya os iréis dando cuenta con el devenir de la historia), y puesto que Rodrigo prometía ser un gran personaje, se empecinó en que debía parirle lo antes posible una vez cumplidas las 39 semanas. Así pues, puso en práctica todas (y cuando digo todas, son todas) las técnicas conocidas para "provocar el parto" (citaré sólo la que corresponde a las largas caminatas y la subida y bajada de escaleras, por poner un ejemplo).
Así que, el día 28 de julio del presente año, en torno a las 4 de la tarde, Miriam rompió aguas en casa y, con toda la calma del mundo nos duchamos, cogimos la bolsa ya preparada con antelación y nos dirigimos al hospital de Cabueñes (Gijón).
Tras hacer los trámites pertinentes para el ingreso, procedieron a asignarnos una habitación y trasladaron a Miriam a una sala de dilatación. Como lo tenía bastante claro, y pese a que llevaba dilatada casi una semana, pidió la epidural en cuanto pudo, pues de otra manera quizá el parto se hubiese precipitado y ya no hubiese tenido ocasión de ponérsela.
Calculo que yo estaría en torno a una hora y media o dos horas hasta que me hicieron pasar con ella, pero he de reconocer que fue la primera vez que me planteé que pudiese haber problemas durante el parto.
Una vez dentro de la sala de dilatación (una por parturienta), todo fue estupendamente, pues la epidural evitó que Miriam tuviese ningún tipo de molestia. Los inconvenientes (mínimos por otro lado) vinieron después, pues tan bien se encontraba ella que pasaron a la sala de partos muchas mujeres que habían entrado después, pero que se quejaban muchísimo más. Por otro lado, tanto mitigó la anestesia las molestias, que a la hora de empujar no había forma de sincronizarse con las contracciones (que ni se sentían, por lo visto) de modo que tuvieron que anular los efectos de la anestesia.

Una vez de parto, todo fue maravilloso: Rodrigo asomaba poco a poco, y pese a la poca sangre que se veía y a las aparentemente bruscas maniobras de las enfermeras, el niño nació, finalmente a las 00:45 del 29 de julio de 2009. Estaba hinchado y arrugado, e incluso tenía un pequeño bulto en la cabeza (que desapareció a las pocas horas) pero a mí me pareció que era perfecto (no en el sentido de la hermosura, pues eso no te lo planteas al principio, sino porque tenía de todo). Había que verme, con la de pelos que tengo en los... en el pecho, y llorando como una Magdalena. No nos separaron del niño ni un instante hasta pasada una hora, que le llevaron a pesar (3,850 Kg.) y medir (51 cm.). Tal es el caso, que incluso me permitieron cortar el cordón y poner la pinza (de la que os hablaré en próximas entradas, pues trajo cola).
Estoy tremendamente agradecido al personal sanitario que atendió a mi familia (cómo suena, ¿eh?) y recomiendo a todos los futuros papás que pasen por aquí que acudan a la sala de partos.
En fin, este fue el final de un ciclo precioso pero un tanto extraño para mí, que es el embarazo y el principio de otro en el que estoy tremendamente implicado que es la aparición de una nueva persona en mi vida que depende en gran medida de mi.