Sé de antemano que muchos de los que lean este post (si es que finalmente alguien se decide a seguir el blog que con tanto cariño he empezado) pensarán que soy un padre desalmado y que no tengo perdón de Dios. Y tan sólo por el hecho de que Rodrigo, con 5 meses y medio, ya ha empezado la guardería (para ser exactos la empezó hace un mes, aunque en cortas sesiones de adaptación, no para él, sino para su madre).
La decisión estaba tomada, no ya de antes de que naciese el lechón, sino posiblemente de antes incluso de que fuese concebido. La razón es muy sencilla: tanto su madre como yo somos trabajadores (por suerte, en los tiempos que corren) y aunque sus abuelos paternos viven en nuestra misma ciudad e insistieron en que ellos podrían hacerse cargo del recién nacido hasta que cumpliese un año, nuestra decisión fue que los abuelos deben ejercer de lo que son: abuelos.
Así pues, pese a realizar la solicitud para la red de guardería públicas de Gijón, algunos meses antes de la esperada llegada de Rodrigo nos pusimos manos a la obra en busca de una guardería privada que nos encajase. Mentiría si dijese que buscamos muchísimo, pues nos centramos en las de nuestro barrio y alrededores. En todas ellas te realizan una visita guiada indicándote los pormenores del día a día y toda la gama de medidas de seguridad infantil con las que cuentan. De todas ellas, nos decidimos, curiosamente, por la más cercana a nuestra casa, basándonos principalmente en los factores de higiene, instalaciones, cocina y, un factor bastante más subjetivo, la impresión que nos causó el personal.
La cuestión es que, sin esperárnoslo, cuando el bebé ya contaba con 3 meses, nos llegó el aviso de que Rodrigo había sido seleccionado para una guardería pública (municipal) bastante cerca de casa, así que pasamos a hacer la visita de rigor, de la cual nos llevamos una fantástica impresión: las instalaciones, pese a ser algo más antiguas que las de la pública, eran estupendas. Además contaba con un patio exterior, algo poco habitual en las guardería públicas que suelen estar instaladas en bajos comerciales. En cuanto al personal, cabe destacar que, al menos en esta escuela infantil, es fijo y, en el caso concreto de las educadoras están con los niños los 3 años de guardería, pasando de curso con ellos.Así pues, dejo a Rodrigo cada mañana de los días de diario entre las 9 y las 9:30 de la mañana en la Escuela Infantil Pegoyinos (un pegoyo es cada una de las patas de un hórreo), en la clase de los caracoles y doy fe de que se queda encantado de la vida, principal motivo por el que tanto su madre como yo estamos muy seguros de haber tomado una buena decisión.

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